19. Los jarritos rocieros

Don Emilio Villar, en el tejar de Campos viendo la obra en 1984.

A principios de los años ochenta, cuando el Domingo Rociero estaba consolidado gracias a la imaginación de la gente de la Hermandad, la junta tuvo otra feliz idea. 

Sabido era que los linenses y visitantes que disfrutaban de la fiesta callejera de nuestra Feria bebían de lo que les echaban. En cada casa, en cada rincón, en todas partes, el vino corría sin freno y todo el mundo se aprovechaba de lo espléndida que era la gente de La Línea. Pero, claro, siempre faltaba el recipiente. Y la Hermandad, lista como nadie, ideó aquellos jarritos que se colgaban del cuello y que llevaba la leyenda del año correspondiente.

Aquella iniciativa supuso un espaldarazo económico para la Hermandad porque se vendieron como rosquillas. En 1984 fueron fabricados ocho mil jarritos y vendidos a doscientas pesetas cada uno.

Pero, como suele pasar, llegó la competencia. Más baratos, de menos calidad y para lucro personal. Aparecieron jarritos por doquier. La Hermandad lo notó hasta el punto de que los jarritos de 1986 fueron los sobrantes de 1985 pero con la ardua y prolongada tarea de coger un pincelito y cerrar el cinco para que pareciera un seis. Así no hubo pérdidas y se pudieron vender todos. Pero ahí se acabó la idea.

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